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17 de Julio, 2006


rosalba pelle, argentina

SILENCIO I

Cuando peor aquí

más te instalas en mi alma.

 

Cuando más hambre

más anhelo atravesar el océano.

 

Cuando más humillan

más me obstino en escribir,

escribir el más bello poema 

que te cante,

En mi silencio. 

Por lobitogabriel - 17 de Julio, 2006, 8:46, Categoría: poesia
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gigia talarico, bolivia

Prisioneros

El ruido del silencio
y los sentidos
la luz de tus pupilas
mi zozobra
caricia desmedida
que al instante
nos hizo prisioneros

Prisioneros de amor
y nuestro carcelero
todo vestido de púrpura
con boca de diamantes
se ríe de nosotros

tomado de: http://lechatquipeche.blogspot.com/

Por lobitogabriel - 17 de Julio, 2006, 8:38, Categoría: poesia
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norma maria francomano, argentina

                      Al alma

nadie llega

          sólo la muerte

          la abarca

la sujeta

por un instante

                 y la suelta.

               ---


Llueve tanto

que la lluvia

es una casa viva

que acaricia la noche

tratando de aplacarla.

Por lobitogabriel - 17 de Julio, 2006, 8:34, Categoría: poesia
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Guillermo Martín Sánchez Trujillo, Mexico

todo el tiempo

 

Cuando seas noche seré sombra,

cuando seas aire seré viento;

te seguiré de mañana,

para compartir mi vida contigo.

 

Cuando seas mar seré ola,

cuando seas incendio seré llama;

te seguiré por las tardes,

para ver el ocaso del sol

y que nos encuentre juntos.

 

Cuando seas quietud seré silencio,

cuando seas música seré pauta;

te seguiré a través de la noche,

para amarnos en la silenciosa sinfonía nocturna,

para amarnos por completo

de sol a sol, de luna a luna.

 

Cuando seas risa seré voz,

cuando seas voz seré garganta;

te seguiré por la vida hasta encontrarte,

para vivirla juntos.

 

Cuando seas vida, yo seré tu compañero.

 

21 mzo ’06 – Jobo

Guillermo Martín Sánchez Trujillo, gumasat

Chiapas, México

Por lobitogabriel - 17 de Julio, 2006, 8:17, Categoría: poesia
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oswald de andrade, brasil

BALADA DO ESPLANADA

Ontem à noite
Eu procurei
Ver se aprendia
Como é que se fazia
Uma balada
Antes de ir
Pro meu hotel.

É que este
Coração
Já se cansou
De viver só
E quer então
Morar contigo
No Esplanada.

Eu qu'ria
Poder
Encher
Este papel
De versos lindos
É tão distinto
Ser menestrel

No futuro
As gerações
Que passariam
Diriam
É o hotel
Do menestrel

Pra m'inspirar
Abro a janela
Como um jornal
Vou fazer
A balada
Do Esplanada
E ficar sendo
O menestrel
De meu hotel

Mas não há poesia
Num hotel
Mesmo sendo
'Splanada
Ou Grand-Hotel

Há poesia
Na dor
Na flor
No beija-flor
No elevador

Oswald de Andrade (1890-1954)

Tomado de Poesia.net

Por lobitogabriel - 17 de Julio, 2006, 8:14, Categoría: poesia
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el mono del piano... el maestro villegas

El mono del piano

A mediados de los ’50, cuando sus primeras grabaciones le ganaban una muy buena reputación en el panorama musical argentino, el Mono Villegas viajó a Nueva York como la gran promesa del jazz. Los dos discos que grabó para la Columbia –Introducing Villegas y Very, Very Villegas– justificaban las expectativas. Pero algo pasó: una oferta descabellada, un gesto de dignidad, y Villegas terminó de vuelta en Buenos Aires, para convertirse en el personaje mítico que hoy, a 20 años de su muerte, todos recuerdan. A continuación, aquella historia que marcó el comienzo de su leyenda.

Por Sergio A. Pujol
Gato Alvarez se fue poco antes de 2001, empujado por la malaria económica que ya despuntaba. Se instaló con su mujer y su hijo en Cicero, en los suburbios de Chicago. Allí rehízo su vida, entre trabajos a destajo –nada parecido al boliche de jazz que supo regentear a principios de los ‘90, pero así es la vida–, nuevos amigos que querían saber de la Argentina y viejos amigos que querían que Gato volviera cuanto antes, aunque este deseo nunca se materializó en propuestas laborales concretas. Mientras tanto, Gato sigue su vida americana. En los tiempos libres, sale a la búsqueda del jazz, su gran berretín, y lo encuentra en seguida, claro, en el Green Mill de Lawrence & Broadway –un club legendario– o, más bizarramente, en esas tiendas de vinilo, donde el compacto es una oferta marginal, una especie suplente del verdadero sonido analógico. Tanto por sus disquerías como por sus escenarios, Chicago sigue siendo uno de los centros neurálgicos de una música descentrada.
La otra tarde, en Rycle’s Records –una tienda de usados de la avenida Milwakee que Gato suele visitar sediento de rarezas y músicas extraviadas–, nuestro amigo sintió que le saltaba el corazón cuando sus dedos encontraron, en medio de LPs de todos los tiempos, un álbum del Mono Villegas, de cuya muerte, si mal no recordaba, estaban por cumplirse 20 años. (Luego lo verificó: los pianos argentinos se enlutaron el 10 de julio de 1986.) La pieza casualmente hallada era el segundo y último disco que el pianista había grabado en Nueva York para la Columbia, hacia fines de los años ’50: Very, Very Villegas, con su “guaranteed high fidelity”. Gato sabía de la existencia de la grabación, pero nunca la había visto ni escuchado. Como un souvenir del pasado, ahora se hacía presente del modo más extraño, ocupando el lugar del tango: el lugar de la nostalgia, del terruño que se extraña. Pagó 3 dólares por el robusto vinilo –los primeros long-plays eran un poco más ligeros que los discos de pasta, pero bastante más pesados que los que vendrían más tarde– y corrió a su departamento a escucharlo.
Respaldado por los históricos Cozy Cole en batería y Milt Hinton en contrabajo, Villegas tocó en esa ocasión mejor que nunca (para Gato, ese nunca eran los discos de Trova de los ’60 y ’70 que alguna vez tuvo y traspapeló; es decir, los discos del futuro, los que Mono aún no había concebido, con los que ni siquiera soñaba cuando su proyecto era permanecer en Nueva York, sorprendiendo a los parroquianos del Café Bohemia y a otros enterados de la música improvisada). Empezando con “Jelly Roll Blues” (de Morton) y cerrando con “Western Reunion” (de Mulligan), Mono historiaba el jazz desde el piano, con una visión muy personal. Según el panegírico de la contratapa, el nuevo trabajo del argentino en Estados Unidos acrecentaba los logros de Introducing Villegas, el disco del debut. “Hay un poco de todo en todo lo que ensaya Villegas, y aun cuando conscientemente adapta referencias de otros músicos, él siempre suena diferente.”

Ellington, Tatum, Garner... y Villegas

Gato pensó que ese “sonar diferente” era no sólo una marca de nuestro pianista, sino también una exigencia de la época de oro del jazz. Hoy para sonar diferente se parte de composiciones originales: un compás de zamba o un aire tanguero sellan la identidad del músico, en ese magma de influencias entrecruzadas llamado jazz contemporáneo o jazz del siglo XXI. Pero en tiempos de Very, Very Villegas, cuando a nadie se le pasaba por la cabeza la idea de un jazz argentino –ni de uno italiano, alemán o francés, por caso–, la diferencia era una cuestión de décimas de segundo, de una coma aquí o allá, un acorde levemente adelantado al beat o un tempo rubato: el estilo personal se recortaba sobre un estilo general (swing, bebop o lo que fuera), a partir de un repertorio de temas más o menos estable y de factura norteamericana. Se era diferente –o se intentaba serlo, cosa nada sencilla– tocando más o menos lo mismo que tocaban los demás. Se era diferente diciendo las cosas de otro modo, aunque ese modo no fuera necesariamente revolucionario. La palabra sorpresa tenía, entre sus varias traducciones, la acepción del jazz. Sorpresa era seguir tocando “Body and Soul” o “Night in Tunisia” sin aburrir, sin cansar.
El disco estaba llegando al final de su primer lado y Gato se perdió en una cadena de preguntas imposibles de responder con certeza: ¿quiénes habían escuchado a Villegas en su aventura neoyorquina, cuando entre 1955 y 1964 el pianista más indómito de la Argentina se entreveró con los grandes del género, algo parecido –salvando diferencias temporales e instrumentales– a lo que había hecho Oscar Alemán en la París de los ‘30? Y a propósito: ¿qué había escuchado aquel público norteamericano en Villegas, con qué se había encontrado, de qué se había sorprendido? Gato también fantaseó con el derrotero del disco que estaba sonando. Las cosas podrían haber sucedido más o menos así: un joven neoyorquino descubre a Villegas una noche en el Café Bohemia. Luego compra el disco. Y se queda esperando el tercero que nunca llegará. Dos generaciones más tarde, alguien –acaso el nieto de aquel oyente– sale a vender la colección de discos del abuelo. Sabe poco de jazz, nada de Villegas. Por Kind of Blue de Miles Davis –a ése sí lo conoce, quién no– le pagan bastante bien: es la primera edición del disco de jazz más vendido de todos los tiempos. Pero ¿cuánto puede valer ese de un tal Villegas? Su nombre no figura en ninguna enciclopedia de jazz, aunque el disco fue editado por la Columbia, igual que Kind of Blue. ¿Valdrá un dólar? ¿O medio dólar?...
Dejando de lado cierta curiosidad exótica –con excepción del francés Martial Solal y algún otro, a los Estados Unidos no llegaban ecos de pianistas de jazz extranjeros–, aquel comprador del disco del Mono seguramente se deleitó con su filoso swing –filoso y a veces un poco velado y lacónico–, su solvencia instrumental y esa zona intemporal, ni vanguardista ni tradicional, por la que discurría su piano. En el formato definitivo del trío de piano, contrabajo y batería, Villegas era singular, “very Villegas”, y ése era un valor muy apreciado. Cuando el formato instrumental aún no se había cristalizado del todo –en 1955 Bill Evans era un desconocido y en el trío de Peterson había guitarra, no batería–, el músico argentino lo justificaba plenamente, siguiendo con atención a sus inocultables maestros: Duke Ellington, Art Tatum y Errol Garner. También podía sumarse a la genealogía el bueno de Thelonious Monk, al que sin duda Villegas conocía pero que aún no admiraba. O al menos no tanto como a los otros. De cualquier manera, en el estilo Villegas de ese entonces se notaba el tránsito hacia una cosa más moderna, lo que era decir más disonante. El propio relato implícito en la selección de los temas sostenía la idea de una evolución en el jazz.

La segunda vida del Mono

Sabía Gato que la estadía de Villegas en los Estados Unidos se había interrumpido drásticamente, cuando la misma compañía que le había dado una oportunidad internacional –en verdad la única que tuvo en toda su vida; o la única que aceptó tener, mejor dicho– castigó su renuencia a grabar un álbum con canciones de Ernesto Lecuona. Villegas había viajado a Norteamérica para tutearse con el jazz, no para pedir permiso en castellano. El estereotipo del buen latinoamericano –versión imperialista del buen salvaje– estaba en su apogeo, y si el argentino quería tener alguna chance de seguir el brillante camino de aquellos discos tenía que adecuarse, al menos por un rato, a ese estereotipo. No le pidieron que se vistiera de gaucho, como les había pasado a los tangueros en los cabarets parisinos de los ‘20 y ‘30, pero sí que rindiera homenaje al gran compositor de la música cubana que acababa de fallecer. Inútil aclarar que él era argentino, no cubano. Y, sobre todo, pianista de jazz, no de son, por más admiración que pudiera despertarle la obra de Lecuona. Pero no hubo caso. Y a menos de un año del malentendido, Villeguita, como lo llamaban en su juventud, estaba de vuelta en la Argentina, ahora tocando con Jorge López Ruiz en contrabajo y Eduardo Casalla en batería.
Cuenta Nano Herrera que en 1964, cuando empezó a tratarlo, el Mono era prácticamente desconocido en Buenos Aires. Habían transcurrido nueve años de su partida y una nueva generación de músicos había tomado la posta. Algunos ni siquiera habían oído hablar de él. Otros lo creían retirado, gozando de una mitología modesta. Unos pocos sabían de sus glorias trashumantes. Sin embargo, había vuelto en un buen momento. Alfredo Radoszynski le ofreció grabar Enrique Villegas en cuerpo y alma, el primer disco de la segunda –y definitiva– etapa argentina. Perdidos o escondidos en las arcas de los coleccionistas, los discos de 78 revoluciones, los acetatos con los Rhytmakers y Bebe Eguía y los tempranos microsurcos de Music Hall que le habían dado una cierta fama antes del viaje nunca volverían a reeditarse. Para muchos –para casi todos– Villegas sería el pianista de los ‘60 y ‘70. El mejor de su tiempo, el más original, el menos apegado a los modelos. El que podía ser diferente tocando el más trillado de los standards o agregando, de vez en cuando, alguna página olvidada o, al contrario, algún éxito del momento. O el que se atrevía a experimentar más allá de cualquier convención: “Caminito” devenido blues, Chopin apenas jazzeado, la música de Ellington con los músicos de Ellington (Encuentro, con Paul Gonsalves y Willie Cook), el free jazz –o algo así– junto a Ara Tokatlian, una zapada a cuatro manos con Gerardo Gandini o un mágico número de piano solo en “Solo Piano”, el ciclo de Manolo Juárez. Por lo demás, su nuevo trío con Oscar Alem (contrabajo) y Osvaldo López (batería) era una sociedad mágica de la que siempre podía esperarse alguna sorpresa.
Más inquieto que amable, encerrado en su mundo –un mundo infinitamente ensanchado por la música, el amor por el cine y unas pocas costumbres más-, el Mono Villegas era un personaje de Buenos Aires, después de haber sido la gran promesa de Nueva York. A veces, cuando le preguntaban por el pasado, relataba con gracia su infancia un tanto desahuciada, y cómo la música clásica primero y el jazz más tarde lo habían salvado de la melancolía crónica. Aseguraba haber sido el segundo pianista del mundo en tocar el concierto en sol de Ravel, el principal introductor de la música de Gershwin en el país –empezando por la Rhapsody in Blue– y uno de los fundadores del Bop Club de Buenos Aires. También contaba anécdotas en las que siempre aparecía peleando –en el mejor de los casos, polemizando– con folkloristas, tangueros y cantantes líricas. O historias de su amigo Macedonio Fernández.
Villegas no se cansaba de hablar, y si el tema era la música, lo hacía muy directamente. Elogiaba y denostaba por igual, sin esperar por ello ni premios ni castigos. Su voz rasgada tronaba en los foyers de los teatros, en los bares con música y en las tertulias amicales. Sólo el recuerdo de su experiencia norteamericana lo sacaba de quicio, revelando sus heridas y resentimientos: “Me negué a prostituirme y ya no puedo creer en nada ni en nadie. Antes creía en muchas cosas. Creía en la Columbia, cuando me contrató. Ahora es muy cómico que me vengan a preguntar qué sensación se tiene con el triunfo. ¿Qué triunfo? ¿Cuándo triunfé yo?”.
A dos décadas de su despedida –aseguran que lo último que tocó en vivo fue “Adiós muchachos”, entre irónico y extenuado–, el Mono sigue invicto en sus discos, que afortunadamente no son pocos. Hoy que tantos pianistas jóvenes nos deleitan y entusiasman, es bueno recordar que Villegas fue siempre nuevo. En compacto y en vinilo, siempre nuevo.
El mono Villegas en Ignoria:
Ignoria - Las otras artes
Patricia Damiano - Isaías Garde

Por lobitogabriel - 17 de Julio, 2006, 8:09, Categoría: musica
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clara bella ventura, colombia

LOS MUERTOS

 

Me duelen los muertos

los propios, los ajenos

los de ayer, hoy y mañana,

los desconocidos

y aquellos por conocer,

los que recuerdan la lejanía de la raza humana

en una violencia

ni siquiera concebida por Dios,

inventada por el hombre.

Sacia sus instintos

más densos en un baño de la sangre

que le suena a fiesta,

gala de los sentidos sin sentido

donde acuden Belcebú

y su corte de diablos

disfrazados de ángeles

para confundir al hombre

en su estado bestial,

con un libre albedrío que sólo le sirve

para parecerse más a sí mismo,

a su faz de inconciencia

y de absoluto desencanto

frente a su propia vida,

reflejo de sus miedos.

Asesinan al otro

sin la piedad que cabe en el alma

de cualquier ser

por rastrero que parezca.

Me duelen los muertos

Los del ayer, del hoy y del mañana.

Me duelen por ser propios

con sus visos retoñando en flores

mientras el dolor me aqueja

y sólo un grito de un basta ya

me consuela.

 

Por lobitogabriel - 17 de Julio, 2006, 8:03, Categoría: poesia
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vicente huidobro, chile

ALTAZOR (Canto II)

Mujer el mundo está amueblado por tus ojos
Se hace más alto el cielo en tu presencia
La tierra se prolonga de rosa en rosa
Y el aire se prolonga de paloma en paloma
Al irte dejas una estrella en tu sitio
Dejas caer tus luces como el barco que pasa
Mientras te sigue mi canto embrujado
Como una serpiente fiel y melancólica
y tú vuelves la cabeza detrás de algún astro
¿Qué combate se libra en el espacio?
Esas lanzas de luz entre planetas
reflejo de armaduras despiadadas
¿Qué estrella sanguinaria no quiere ceder el paso?
En dónde estás triste noctámbula
Dadora de infinito
Que pasea en el bosque de los sueños
Heme aquí perdido entre mares desiertos
Solo como la pluma que se cae de un pájaro en la noche
Heme aquí en una torre de frío
Abrigado del recuerdo de tus labios marítimos
Del recuerdo de tus complacencias y de tu cabellera
Luminosa y desatada como los ríos de montaña
¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?
Te pregunto otra vez
El arco de tus cejas tendido para las armas de los ojos
En la ofensiva alada vencedora segura con orgullos de flor
Te hablan por mí las piedras aporreadas
Te hablan por mí las olas de pájaros sin cielo
Te habla por mí el color de los paisajes sin viento
Te habla por mí el rebaño de ovejas taciturnas
Dormido en tu memoria
Te habla por mí el arroyo descubierto
La hierba sobreviviente atada a la aventura
Aventura de luz y sangre de horizonte
Sin más abrigo que una flor que se apaga
Si hay un poco de viento
Las llanuras se pierden bajo tu gracia frágil
Se pierde el mundo bajo tu andar visible
Pues todo es artificio cuando tú te presentas
Con tu luz peligrosa
Inocente armonía sin fatiga ni olvido
Elemento de lágrima que rueda hacia adentro
Construido de miedo altivo y de silencio
Haces dudar al tiempo
Y al cielo con instintos de infinito
Lejos de ti todo es mortal
Lanzas la agonía por la tierra humillada de noches
Sólo lo que piensa en ti tiene sabor a eternidad
He aquí tu estrella que pasa
Con tu respiración de fatigas lejanas
Con tus gestos y tu modo de andar
Con el espacio magnetizado que te saluda
Que nos separa con leguas de noche
Sin embargo te advierto que estamos cosidos
A la misma estrella
Estamos cosidos por la misma música tendida
De uno a otro
Por la misma sombra gigante agitada como árbol
Seamos ese pedazo de cielo
Ese trozo en que pasa la aventura misteriosa
La aventura del planeta que estalla en pétalos de sueño
En vano tratarías de evadirte de mi voz
Y de saltar los muros de mis alabanzas
Estamos cosidos por la misma estrella
Estás atada al ruiseñor de las lunas
Que tiene un ritual sagrado en la garganta.
Qué me importan los signos de la noche
Y la raíz y el eco funerario que tengan en mi pecho
Qué me importa el enigma luminoso
Los emblemas que alumbran el azar
Y esas islas que viajan por el caos sin destino a mis ojos
Qué me importa ese miedo de flor en el vacío
Qué me importa el nombre de la nada
El nombre del desierto infinito
O de la voluntad o del azar que representan
Y si en ese desierto cada estrella es un deseo de oasis
O banderas de presagio y de muerte
Tengo una atmósfera propia en tu aliento
La fabulosa seguridad de tu mirada con sus constelaciones íntimas
Con su propio lenguaje de semilla
Tu frente luminosa como un anillo de Dios
Más firme que todo en la flora del cielo
Sin torbellinos de universo que se encabrita
Como un caballo a causa de su sombra en el aire
Te pregunto otra vez
¿Irías a ser muda que Dios te dio esos ojos?
Tengo esa voz tuya para toda defensa
Esa voz que sale de ti en latidos de corazón
Esa voz en que cae la eternidad
Y se rompe en pedazos de esferas fosforescentes
¿Qué sería la vida si no hubieras nacido?
Un cometa sin manto muriéndose de frío
Te hallé como una lágrima en un libro olvidado
Con tu nombre sensible desde antes en mi pecho
Tu nombre hecho del ruido de palomas que se vuelan
Traes en ti el recuerdo de otras vidas más altas
De un Dios encontrado en alguna parte
Y al fondo de ti misma recuerdas que eras tú
El pájaro de antaño en la clave del poeta
Sueño en un sueño sumergido
La cabellera que se ata hace el día
La cabellera al desatarse hace la noche
La vida se contempla en el olvido
Sólo viven tus ojos en el mundo
El único sistema planetario sin fatiga
Serena piel anclada en las alturas
Ajena a toda red y estratagema
En su fuerza de luz ensimismada
Detrás de ti la vida siente miedo
Porque eres la profundidad de toda cosa
El mundo deviene majestuoso cuando pasas
Se oyen caer lágrimas del cielo
Y borras en el alma adormecida
La amargura de ser vivo
Se hace liviano el orbe en las espaldas
Mí alegría es oír el ruido del viento en tus cabellos
(Reconozco ese ruido desde lejos)
Cuando las barcas zozobran y el río arrastra troncos de árbol
Eres una lámpara de carne en la tormenta
Con los cabellos a todo viento
Tus cabellos donde el sol va a buscar sus mejores sueños
Mi alegría es mirarte solitaria en el diván del mundo
Como la mano de una princesa soñolienta
Con tus ojos que evocan un piano de olores
Una bebida de paroxismos
Una flor que está dejando de perfumar
Tus ojos hipnotizan la soledad
Como la rueda que sigue girando después de la catástrofe
Mi alegría es mirarte cuando escuchas
Ese rayo de luz que camina hacia el fondo del agua
Y te quedas suspensa largo rato
Tantas estrellas pasadas por el harnero del mar
Nada tiene entonces semejante emoción
Ni un mástil pidiendo viento
Ni un aeroplano ciego palpando el infinito
Ni la paloma demacrada dormida sobre un lamento
Ni el arcoiris con las alas selladas
Más bello que la parábola de un verso
La parábola tendida en puente nocturno de alma a alma
Nacida en todos los sitios donde pongo los ojos
Con la cabeza levantada
Y todo el cabello al viento
Eres más hermosa que el relincho de un potro en la montaña
Que la sirena de un barco que deja escapar toda su alma
Que un faro en la neblina buscando a quien salvar
Eres más hermosa que la golondrina atravesada por el viento
Eres el ruido del mar en verano
Eres el ruido de una calle populosa llena de admiración
Mi gloria está en tus ojos
Vestida del lujo de tus ojos y de su brillo interno
Estoy sentado en el rincón más sensible de tu mirada
Bajo el silencio estático de inmóviles pestañas
Viene saliendo un augurio del fondo de tus ojos
Y un viento de océano ondula tus pupilas
Nada se compara a esa leyenda de semillas que
( deja tu presencia
A esa voz que busca un astro muerto que volver a la vida
Tu voz hace un imperio en el espacio
Y esa mano que se levanta en ti como si fuera a colgar soles en
el aire
Y ese mirar que escribe mundos en el infinito
Y esa cabeza que se dobla para escuchar un murmullo en la
eternidad
Y ese pie que es la fiesta de los caminos encadenados
Y esos párpados donde vienen a vararse las centellas del éter
Y ese beso que hincha la proa de tus labios
Y esa sonrisa como un estandarte al frente de tu vida
Y ese secreto que dirige las mareas de tu pecho
Dormido a la sombra de tus senos
Si tú murieras
Las estrellas a pesar de su lámpara encendida
Perderían el camino
¿Qué sería del universo?

Por lobitogabriel - 17 de Julio, 2006, 7:59, Categoría: poesia
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vicente huidobro, chile

Vicente Huidobro

ALTAZOR (Prefacio)

Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo;
nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del
calor. Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de
automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a
caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos
lejanos. Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: "Entre una estrella
y dos golondrinas." He aquí la muerte que se acerca como la tierra
al globo que cae. Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los
primeros arcoiris. Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por
los espacios de la muerte. El primer día encontré un pájaro
desconocido que me dijo: "Si yo fuese dromedario no tendría sed.
¿Qué hora es?" Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó
tres miradas y media y se alejó diciendo: "Adiós" con su pañuelo
soberbio. Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano,
lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde
guarecerse de la lluvia. Allá lejos, todos los barcos anclados,
en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse,
uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora
incontestable. Junto con marcharse los últimos, la aurora
desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas. Entonces
oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el
vacío, hermoso, como un ombligo. "Hice un gran ruido y este ruido
formó el océano y las olas del océano." Este ruido irá siempre
pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas
a él, como los sellos en las tarjetas postales. "Después tejí un
largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno;
los días que tienen un oriente legítimo y reconstituido, pero
indiscutible."
"Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano."
"Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía)."
"Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar
las sonrisas equívocas y los dientes de la boca, para vigilar las
groserías que nos vienen a la boca."
"Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol,
haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora,
desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador."
Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de
atracción de la muerte y del sepulcro abierto. Podéis creerlo, la
tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta
con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando
sonríes haces pensar en el comienzo del mundo. Mi paracaídas se
enredó en una estrella apagada que seguía su órbita
concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.
Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con
profundos pensamientos las casillas de mi tablero:
"Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por
todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de
placer o de agonía."
"Se debe escribir en una lengua que no sea materna."
"Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte."
"Un poema es una cosa que será."
"Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser."
"Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser."
"Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el
viento."
"Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco."
Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha me lanzo a
la atmósfera del último suspiro. Ruedo interminablemente sobre las
rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte. Encuentro
a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:
"Mira mis manos: son transparentes como las bombillas eléctricas.
¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?"
"Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi
ancianidad."
"Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que
no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que
estaban en verdad demasiado restauradas."
"Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las
nubes comunicantes."
"Digo siempre adiós, y me quedo."
"Ámame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas
aéreas."
"Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he
lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme
sobre el colchón de la neblina intermitente."
"Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de
las golondrinas."
"Ámame."
Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y
vino a sentarse en mi paracaídas. Me dormí y recité entonces mis
más hermosos poemas. Las llamas de mi poesía secaron los cabellos
de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su
rosa blanda.
Y heme aquí, solo, como el pequeño huérfano de los naufragios
anónimos. Ah, qué hermoso..., qué hermoso.
Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las
flores y los caracoles.
Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.
Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste,
ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño
paracaídas como un quitasol sobre los planetas.
De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo
la tarea de bautizar como a botellas de vino.
Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta.
La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro
hinchado hasta tocar los pies de la amada.
Aquél que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser
Walt Whitman, pues jamás he tenido una barba blanca como las
bellas enfermeras y los arroyos helados.
Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos
falsos, que son solamente astrónomos activos. Aquél que bebe el
vaso caliente de la sabiduría después del diluvio obedeciendo a
las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente
que dejan los barcos. Aquél que conoce los almacenes de recuerdos
y de bellas estaciones olvidadas. Él, el pastor de aeroplanos, el
conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados
hacia los polos únicos. Su queja es semejante a una red parpadeante
de aerolitos sin testigo. El día se levanta en su corazón y él baja
los párpados para hacer la noche del reposo agrícola. Lava sus
manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la
cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.
Los gritos se alejan como un rebaño sobre las lomas cuando las
estrellas duermen después de una noche de trabajo continuo.
El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los pájaros sin
corazón. Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los
meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes. Hasta la llegada de
una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro.
Sé triste, pues ella te espera en un rincón de este año que pasa.
Está quizá al extremo de tu canción próxima y será bella como la
cascada en libertad y rica como la línea ecuatorial.
Sé triste, más triste que la rosa, la bella jaula de nuestras
miradas y de las abejas sin experiencia.
La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.
Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir y dejamos
el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan
mañana a respirarlo.
Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del cenit al nadir
porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más
alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la
memoria de la piedra. Hemos saltado del vientre de nuestra madre o
del borde de una estrella y vamos cayendo.
Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa
de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.
¿Habéis oído? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados.
Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera. Puedes
abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el huracán.
Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.
Poeta, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo.
Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en
un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al
creador.
¿Qué esperas?
Mas he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír.
Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la
fuga interminable.
envio rui mendes

Por lobitogabriel - 17 de Julio, 2006, 7:58, Categoría: lecturas
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envio rui mendes

Por lobitogabriel - 17 de Julio, 2006, 7:55, Categoría: web
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